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Yo maldigo

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  Ahmed  ha conseguido un permiso de residencia en Alemania después de una década desde que tuvo que abandonar Siria tras un bombardeo que le dejó a él y su familia con una maleta donde cabían todas sus pertenencias  y el recuerdo imborrable para siempre de los cadáveres destrozados de sus dos hermanos.   Tras su paso por un campo de refugiados en el Líbano, realizó una travesía por mar, para llegar a Grecia, junto a su padre, arriesgando sus vidas en una odisea digna de Ulises y allí emprendió su lucha con las administraciones y la burocracia  en una larga espera de años hasta conseguir su proceso de registro y una resolución favorable a su petición de asilo.  Otros muchos, no han corrido la misma suerte, como su vecina y amiga Fátima que sigue atrapada en un limbo de pobreza, en una precaria tienda de campaña y sin ningún futuro a la vista. Para otros amigos y familiares que decidieron no marcharse en un primer momento no ha  ido mucho mejor y s...

El monstruo y yo.

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  Este amanecer parece detenido, ajeno a la oscura y fría herida de la tarde por llegar. Nada tiene sentido fuera de esta mañana, que despierta entre el chirriar de los estorninos y el canto profundo del mirlo solitario que, escondido entre las ramas sin hojas, compite con la ciudad que despereza entre ruidos de sirenas y el de los frenos del bus en su parada. El futuro pende de un hilo mientras esperamos el Apocalipsis, como quien espera venir una hostia a cámara lenta,  en este país que siempre camina sin rumbo, al borde del abismo, cuando no por el fondo del mismo. Un abismo cruzado de puentes, donde nos vamos empujando los unos a los otros a las oscuras aguas donde habitan monstruos siempre hambrientos, dispuestos a devorarnos.  Yo tengo mi propio monstruo. Al menos existe en mis sueños  ¿no es suficiente?. Mi monstruo existe fruto de un recuerdo moldeado y horneado como la masa de pan. Tal vez nosotros mismos no somos sino parte de una realidad inventada por otr...

El reencuentro

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Me pasan unas fotos por wasap y los rostros de hace más de  treinta años surgen entre la niebla de mi memoria. Son como piezas de un puzzle donde me cuesta reconocerme  en el crío a medio hacer, y con pelo, que me mira, con un gesto, que ese sí, reconozco como mío. En voz baja voy diciendo mi nombre y los otros nombres como quien los escribe en el aire para conjurarlos, en el mismo deseo compartido de un  reencuentro deseado después de ya demasiado tiempo. Con los nervios agazapados en el vientre y aparcando el miedo a los abrazos y los besos, me sorprende un ejército de  sonrisas al descubierto que vuelan libres,  como mariposas, plantándole cara al mal fario de estos momentos vividos, raros y extraños. El tiempo vuela y ha ido pasando, cubriéndonos de nostalgias y arrancándonos mordiscos de esperanzas, pero ahí seguimos, con la alegría intacta, disfrutando de nuestros pequeños momentos, emocionándonos  sin que haya viento del sur o del norte que nos enfrí...

Negro presentimiento

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Hace ahora dos años, un día de primavera de 2019, tras la manifestación en Madrid por la España vaciada, tras las canciones y los slogan y la alegría de una esperanza ilusionante,  escribía sobre el mal presentimiento de aquella pancarta solitaria y olvidada junto a una papelera en la boca del metro. Hoy, ese presentimiento corre como una sombra sobre los muros de las casas cerradas y campos abandonados susurrando a las vías por donde ya no pasa ningún tren, que la noche larga del olvido está llegando. Se cierran unos servicios o no acaban de llegar otros, se cierran oficinas bancarias,  se cierra el único bar del pueblo y seguimos sin proyectos, sin  ideas mientras ese territorio vaciado, que no vacío, que agoniza en silencio con los dientes apretados, vuelve a ser terreno abonado a la especulación y a las grandes oportunidades de los de siempre. Los mismos señores, dueños de todo y a los que nunca les afecta nada, que disfrazados ahora con la máscara del desarrollo verd...

Mi viejo castillo

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Yo tuve un viejo castillo encantado por la luna, donde jugar y crecer, rodeado de un riachuelo que fluía entre olmos gigantes de troncos huecos donde esconderse y donde dar, nervioso y torpe, ese primer beso que se queda grabado en la memoria.  Un castillo con su bruja loca, con sombrilla en lugar de escoba. Una bruja buena de sonrisa pícara, un hada madrina más bien, que yo siempre imaginaba, en otros tiempos, montada en una calesa de caballos, hermosa y vestida de blanco como una princesa, porque así me lo había contado mi madre cuando yo le preguntaba por ella.  Mi viejo castillo era un espacio prohibido por los mayores. Que entrábamos a pesar de todo, era un secreto a voces y suponía esquivar la vigilancia de los serenos en la cava. Todo un riesgo. Tenía una entrada secreta a pasadizos oscuros, habitados por monstruos (así era para nosotros) donde aprendí a vencer mis miedos y una entrada principal que había que atravesar, de uno en uno, por las grietas de una puerta gigan...

María la tonta y Carmen la lista

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Llegan hasta mí dos noticias acerca de cosas olvidadas que se niegan a desaparecer como hojas muertas arrastradas por el viento: Toda la tristeza del cielo cae sobre la calavera agujereada de María Domingo junto a su peineta destrozada tras años de olvido mientras lejos de allí, el corazón de piedra de la pequeña pila  bautismal de Frumales llora olvidada en el fondo del jardín del pazo de Meiras ahora desierto. Dos noticias, Dos mujeres, dos actitudes diferentes, la de María y la de Carmen,  frente a la sociedad que les tocó vivir. María Dominguez nació en 1882 entre el olor a trigo de las eras y el sudor de los labradores, en Pozuelo de Aragón, un pueblecito del Campo de Borja, en una familia de jornaleros analfabetos Sus pequeños dedos infantiles tuvieron que aprender  pronto a respigar en los campos y recoger el fruto de vides y olivares mientras que en sus ratos libres, a la luz de la lumbre, con la ayuda de esos mismos dedos ennegrecidos por el sol y el trabajo, del...

Los jinetes del viento.

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  Vivían junto al Ebro. Eran pequeños en tamaño pero grandes  guerreros, fieros y leales.  Buenos jinetes, con apenas  otro escudo que su cuerpo, cabalgaban a pelo por estepas, bosques y tomillares, sin más compañía  que el viento. Así eran los nativos sedetanos, hijos del  Ebro y del cierzo. Los jinetes del viento, a los que su caballo trasladaba  al más allá, una vez muertos. Mientras tú sueñas quizás que cabalgas veloz, a lomos de tu caballito de madera con tu espada y tu casco de mentira, luchando contra gigantes de un solo ojo y dragones de escamas doradas, yo solo quiero velar tu respiración tranquila y ser el vigía del territorio sagrado de tus sueños, sin perturbarlo ni atreverme a profanarlo. Y contemplar  tu rostro porque solo él me da ahora sosiego, más allá del transcurrir insano de los días. Quisiera decirte tan solo que lo siento por este mundo maltrecho que te dejo. De mi caballito de madera ya hace tiempo que perdí las riendas y...