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The sad history of the blue bloody moon

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Marzo de 1938. Días después de que la  legión italiana destrozó Alcañiz en un bombardeo olvidado con 10 toneladas de muerte en 90 segundos  para sembrar el terror, una columna italiana, sale confiada, sin patrullas de reconocimiento, ni flancos de protección, mientras los hombres de Enrique Líster, camuflados en sus nidos de ametralladoras a menos de 200 metros de la carretera entre Castelseras y Torrevelilla, les dejan avanzar hasta que toda la columna está a tiro.
En esos días, los bombardeos sobre el frente y los pueblos de ambas retaguardias se suceden a diario y la población se refugia en cuevas y masicos en medio del fuego cruzado. En Torrevelilla, una bomba cae sobre un edificio, en cuya bodega se habían refugiado 28 vecinos que murieron sepultados bajo los escombros y en una de las fosas  comunes del cementerio  descansa el padre del cura, asesinado al no haber podido capturar a su hijo. Otros, del otro bando, aún siguen por las cunetas y muchos soldados, junto a las trincheras…

Portal 51

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Amanece en ciudad Zierzo y el barrio se pone en movimiento con los primeros repartidores descargando trozos de carne muerta en el mercado.
La Choche cruza el portal con un crujir de cristales rotos bajo los pies, una maleta en una mano, sus dos zagales en la otra y restos de una vida recosida una y mil veces en una espiral que gira movida por ese viento loco que todo lo vuelve del revés.
Una vida sujeta con alfileres, marcando el ritmo del barrio a golpe de cadera que ella maneja como nadie, para terminar entregando su risa fresca a algún gañán tierno primero, violento después, incapaz de controlar su propia vida, siempre huyendo de sí mismo y maldiciendo su puta suerte con los dientes apretados.
La vida se vive intensamente en el portal 51, sin pensar demasiado en un mañana al que ni siquiera se le espera. Entre sexo y peleas cargadas de reproches, arrojados como ácido con los que refrotar las heridas del otro, para que escuezan.
Hasta hoy, cuando todo acaba con un golpe seco que romp…

Cara A, Cara B. Festival Asalto 2018. Barrio Oliver (Zaragoza)

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El Barrio Oliver es un barrio al Oeste de Zaragoza, de esos en los que uno no suele perderse.
Leo por ahí que se conocía en tiempos como el barrio del Mosén por el cura Manuel Oliver, de Cantavieja, quien consiguió y parceló unos terrenos para venderlos a precios asequibles a los primeros vecinos venidos en busca de una oportunidad que el mundo rural ya no les podía ofrecer. Después la vía del ferrocarril Zaragoza-Valencia dividió el barrio en: «los de arriba» y «los de abajo». Hoy esa cicatriz  ha dado paso al corredor Verde Oliver-Valdefierro. un poco dejado de la mano de Dios. A finales de los 80  el fracaso del poblado gitano «Quinta Julieta», hizo que sus habitantes se desparramaran por  la ciudad. y unas cuarenta familias acabasen  en las viviendas  de la Camisera, en el barrio Oliver y hoy es uno de los barrios con más población emigrante de Zaragoza.
Este año, la XIII edición del Festival Internacional de Arte Urbano de Zaragoza (ASALTO), pone color a los muros del barrio con…

Con un cencerro en el corazón

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Todo el mundo tiene lugares donde resetearse. Puntos de referencia a los que uno siempre termina volviendo y cuando se ha nacido en un pueblo, éste es uno de esos sitios donde una y otra vez se regresa para recargar pilas como el gigante Anteo  cada vez que lo derribaban y su espalda contactaba con su madre Gea

En realidad, Mi pueblo es ya solo un recuerdo que solo pervive en mi memoria (idealizado) y del que no quedan ni los huesos. Ahora es el pueblo de otros con otros sonidos y otras vivencias que bien pudiera presentarse a conseguir un buen puesto en uno de esos premios de Facebook por ejemplo al pueblo con  más rincones con encanto pedidos. Uno a uno han ido desapareciendo como postales que se desvanece en el tiempo, desde la gigantesca acacia del postigo, al portal de la plaza de la iglesia, el paseo del río molinico ahora soterrado, el mirador del castillo al que se cargaron por no ser lo suficientemente antiguo y hasta el mismo castillo convertido ya en otra cosa.
Mi pueblo. Ese…

Summertime

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Es tiempo de rozaduras de chancletas. Tiempo de encerrarse a oscuras mientras el Sol araña la persiana y tú lees un artículo sobre qué pasará con el Sol cuando choquen Andrómeda y la Vía Láctea, dentro de unos 6.000 millones de años.
En realidad  nos da un poco igual  ya que, para entonces, habrá llegado un punto en el que Sol emitirá tanta energía que toda el agua de nuestro planeta se evaporará, haciendo imposible la vida  y, en unos cuantos millones de años más, se expandirá hasta la órbita de Marte absorbiendo a nuestra Tierra  en su material incandescente.
Pero para eso falta mucho  y el mundo no acabará próximamente, por lo menos no por culpa del Sol.

Mientras tanto, los termómetros marcan más de 40 grados en esta Zaragoza de extremos, a modo de pequeño ensayo general, mientras llega el gran momento.
En el parking de al lado de casa, siempre completo, quedan plazas de sobra, solo que no queda nadie a quien invitar a cenar para que las ocupen y en tu terraza preferida la cerveza term…

Un fantasma en Acín

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Acín de Garcipollera es un pueblo muerto en un valle muerto. Doblemente muerto, abandonado y dejado a su destino como otros muchos pueblos que perdieron el alma primero por un pantano y luego convertidos en ruinas a golpe de dejadez.
Pasear por lo que queda de sus calles entre escombros y maleza es como penetrar en uno de esos relatos de Bécquer plagados de ruinas e invita a inventar historias y fantasmas que pueblen el decorado vacío.

Hay un no sé qué en la contemplación de un pueblo en ruinas que me recuerda la esperpéntica mueca de esos restos humanos momificados que parecen reírse de todo, hasta de su propio destino.

Como todos los pueblos del Valle de la Garcipollera, Acín tiene una historia triste, los pocos vecinos que  habían quedado tras la migración de muchos de ellos en busca de una vida mejor en Francia, Jaca, Zaragoza o Barcelona lo abandonan al ser expropiados de sus  propiedades  en los años 60 con motivo de las obras del embalse de Yesa, a pesar de encontrarse a más de 40…

El chico al que le temblaban las rodillas

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Cuando apareció Daniel, la única persona aparentemente seria, formal y con dos dedos de frente de aquella versión de los juegos del hambre en la que solo podía quedar uno, tampoco había que ser un lince para saber que las cosas no pintaban bien.
Daniel se había adelantado con Juanjo tras superar el collado de Salenques para buscar alternativas a aquel nevero de caída casi vertical, por donde un inconsciente pelón  con piolet, pero sin guantes ni crampones, intentaba abrirse paso sin éxito en solitario.

El viento se había vuelto frío y húmedo y las nubes grises se arremolinaban sobre nosotros, dejando escapar las primeras gotas y algún que otro pequeño granizo, en una especie de mensaje cifrado que venía a decir: ¡ni lo intentes!
La mejor opción pasaba por cruzar a través de un tramo corto que permitiría acceder a la parte inferior de la ladera con menos desnivel, no sin cierto riesgo pero tampoco imposible. Manolo, una de esas personas a las que basta con decirle eso de ¡no tienes huevos!